Por: Angélica Cerón Urbina
Cada vez que platico con adultos mayores, escucho una expresión que me conmueve: “Aprender me da alegría, pero ya no hay dónde”. Esa observación refleja una contradicción en nuestro país: mientras celebramos los avances educativos de niños y jóvenes, una generación que todavía quiere crecer y aportar al país queda rezagada.
En México, el debate sobre educación casi siempre coloca el foco en la niñez y la juventud. Sin embargo, los espacios para el aprendizaje adulto avanzan a paso lento, dejando a millones sin acceso real a programas de educación continua. Es en este momento cuando surge la pregunta: ¿por qué priorizamos tan poco a quienes aún desean aprender y aportar a México?
Este descuido se refleja en que apenas el 12.8% de los hombres y 12.4% de las mujeres, quienes son adultos mayores, logran completar la educación básica (INAPAM). Esa carencia no solo limita su acceso al empleo formal, también los deja fuera de una economía digital que no se detiene.
Desde mi experiencia dirigiendo programas de capacitación empresarial, esa brecha se hace evidente cada vez que un profesionista de 50 años regresa a formarse: no es falta de interés, es falta de oportunidades reales. La ausencia de políticas sólidas se traduce en programas poco sensibles a la vida cotidiana de los adultos.
Una madre que busca retomar sus estudios, un trabajador que necesita aprender finanzas digitales o una persona jubilada que requiere alfabetización tecnológica comparten la misma frustración: no encuentran alternativas prácticas y accesibles. La educación para adultos no puede seguir tratándose como algo residual, debe consolidarse como un derecho que garantice inclusión social.
El impacto de una estrategia nacional de educación para adultos sería profundo. En un país donde, solo el 1.8% de los adultos mayores de 65 años están activos laboralmente, según datos del INEGI, aprender se convierte en una herramienta de mayor autonomía económica.
La importancia de continuar estudiando va más allá de los ingresos: mantenerse al tanto de herramientas digitales, trámites en línea o conocimientos básicos de salud puede dinamizar comunidades enteras y fortalecer el tejido social. Además, promueve un envejecimiento activo: una persona que sigue aprendiendo no se retira de la vida productiva ni comunitaria, sino que aporta, decide y se adapta.
Una estrategia educativa inclusiva para adultos necesita tres elementos sólidos. Primero: acceso real, centros cercanos, plataformas digitales fáciles de usar y horarios flexibles que reconozcan la vida laboral y familiar de los adultos.
Segundo, relevancia práctica: contenidos que conecten directamente con la vida diaria, desde finanzas personales hasta competencias digitales o derechos laborales.
Tercero, un reconocimiento social auténtico: aprender no es un lujo tardío, sino una muestra de resiliencia y un legado que fortalece generaciones.
No hablamos de llenar expedientes o repartir certificados, sino de abrir puertas a millones de personas que todavía desean crecer. Conviene recordar que este país no solo tiene futuro en su juventud: también lo tiene en la experiencia y la voluntad de quienes, aun después de décadas, siguen queriendo aprender.


