Por Sergio Costantini, General Manager para América Latina en Oscilar.
Hace unos días, mientras el Senado probaba la Ley de Economía Digital para impulsar la digitalización de pagos en México, el teléfono de un ciudadano recibía una alerta bancaria, Segundos después, una llamada con la voz idéntica a la de su ejecutivo de cuenta lo alertaba sobre un movimiento no reconocido, guiándolo paso a paso a realizar una transferencia de “protección”. En menos de dos minutos, el dinero salía de la cuenta.
Este escenario ilustra una transformación profunda en el ecosistema financiero: el método delictivo ha cambiado de escala. Los ciberdelincuentes ya no concentran sus esfuerzos únicamente en vulnerar la infraestructura central de los grandes bancos, sino en la automatización de ataques masivos mediante Inteligencia Artificial (IA) utilizando mensajes falsificados, interceptación de datos e identidad sintética.
En México, este fenómeno provocó pérdidas económicas directas por más de 17,400 millones de pesos en 2025, asociadas al robo de datos personales y de cuentas bancarias, según cifras de la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros (Condusef).
A su vez, la institución señala que el robo de identidad y fraude digital se han convertido en las categorías de mayor crecimiento. El avance de los deepfakes en el entorno financiero encendió las alertas internacionales, ya que 62% de las organizaciones reportan incidentes vinculados a la identidad sintética, 41% mediante manipulación de voz y 35% mediante manipulación de video, según datos del informe internacional de seguridad de identidad de la consultora Gartner.
Si bien, el cuello de botella para muchas instituciones financieras radica en que continúan evaluando el riesgo operativo de manera fragmentada: una herramienta aislada para la identificación del cliente, otra para detectar fraude transaccional, una tercera para la prevención de lavado de dinero (PLD) y otra para el análisis de crédito. Cuando los sistemas no comparten contexto e historial en tiempo real, los ataques coordinados aprovechan las brechas entre un departamento y otro.
Frente a la velocidad del fraude automatizado, se inició un debate global sobre si el desarrollo de la IA debería desacelerarse o regularse con mayor severidad. Sin embargo, desde la perspectiva de la operación bancaria, frenar la investigación de modelos no detiene a los delincuentes, quienes ya utilizan herramientas de automatización disponibles en el mercado.
Para el sector regulado, la respuesta no es rechazar la tecnología ni aplicar automatizaciones a ciegas: los sistemas de IA deben ganarse la autoridad que reciben. En la gestión de riesgo, la IA debe actuar como un orquestador interno sobre una memoria compartida, multiplicando la capacidad de los analistas humanos bajo reglas transparentes, trazabilidad auditable y control humano obligatorio en las decisiones más críticas.
El debate presupuestario y las políticas públicas derivadas del Paquete Económico buscan construir un México más formal, incluyente y digitalizado. Sin embargo, la adopción masiva de los pagos electrónicos solo será sostenible si las personas y las empresas confían en que su dinero está seguro.
La protección de los usuarios ya no depende únicamente de enseñarles a no compartir sus claves, sino de construir la infraestructura de riesgo en tiempo real capaz de detectar la anomalía en el momento exacto en que ocurre. Garantizar que la tecnología avance al mismo ritmo que la seguridad es el verdadero cimiento de la economía digital en México.


